Hoy la caravana viene con música, dale al PLAY y disfruta mientras del viaje. Bip bip bip. Mensaje de texto.
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Te esperamos en media hora en el andén de la estación de Abbesses. No faltes. Las titiriteras.
Perpleja ante tan curioso mensaje, miré la hora de mi reloj. Las once y cinco de la mañana.
Abbesses estaba a sólo cinco calles de donde me encontraba. Tenía tiempo de sobra. Con paso lento y disfrutando de un inusual tiempo primaveral en París, me encaminé hacia la modernista estación.
Bajando hacia el andén no podía parar de sonreír, ante la sorpresa de tan grato mensaje
Ya en el andén, me acomodé en un asiento y volví a consultar el reloj. Quedaban cinco minutos. Pasó un tren y no las vi. Pasó otro tren y tampoco se encontraban en él.
De pronto un ruido distinto al del metro resonó del fondo del túnel. Se oía un chirrío de ruedas, risas y creí oír a una canción de Charles Aznavour de fondo.
De pronto frente a mí en vez de un vagón de metro, estacionó la Caravana.
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¡Venga sube, no te quedes ahí parada!, me gritó Rosa.
De un salto me metí dentro de ese particular suburbano, dispuesto a comenzar un apasionante viaje por las entrañas de París.
Curiosa era la sensación de ir sobre raíles. Parecía que flotábamos en un universo oscuro donde cualquier cosa podría suceder.
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¿A dónde vamos?, pregunté.
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A disfrutar de la belleza de esta ciudad y a capturar toda su luz, comentó Carmen. Todas sonreímos de inmediato.
Primera parada. Porte de Clignancourt.
Tras un único trasbordo en Marcadet Poissonniers, como chamarileras-titiriteras nos dirigimos raudas y veloces hacía lo que hace tiempo eran las afueras de la ciudad, al Mercado de las Pulgas de Saint-Ouen, donde sin pensarlo decidimos rebuscar entre antigüedades, muebles, libros…, en ese afán por querer encontrar un auténtico tesoro, a mitad de precio ¡claro!. Por nuestras manos pasan toda suerte de objetos diversos, camafeos, cámaras de fotos de otras épocas, libros de hojas tan antiguas que parecen que se desvanecen entre los dedos…. Parece imposible irse de allí, ¡estamos en el paraíso vintage!.
Apenadas por tener que dejar de rebuscar en el pasado, volvemos a la Caravana y tomando la línea 4, llegamos tras atravesar buena parte de París a la estación de Cité.
Emergemos a la superficie en plena isla de la Cité y a la sombra de la Catedral de Notre-Dame, ponemos rumbo al mercado de las flores.
No nos lo pensamos dos veces y nos entretenemos jugando al escondite entre lavandas, orquídeas, rosas y gardenias, mientras multitud de aromas se mezclaban con el aire que respirábamos, emborrachándonos de felicidad.
Casi sin aliento de tanto correr y tanta emoción, decidimos reponer algo de fuerzas y que mejor que frecuentar alguna terraza de cualquier café parisino.
¡Decidido, la buscaremos a orillas del Sena!
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S'il vous plaît garçon... cinq cafés au lait, pide Mela con un exquisito acento francés.
Entre risas, palabras que se suceden sin descanso y cafés, el tiempo trascurre muy deprisa y la noche empieza a hacer su aparición.
La noche en París tiene nombre propio… Montmartre.
Otra vez en el subsuelo parisino, la Caravana pone rumbo hacia nuestra última parada. Blanche.
Subimos deprisa las escaleras para llenarnos en un instante de la luz cálida y luminosa del famoso Moulin Rouge, donde los acordes del musical Féerie, el champagne y las bailarinas envueltas en boas de plumas rojas, se mezclaban en el tiempo con las danzas de La Goulue y Valentin le Désossé, las canciones de la genial Yvette Guilbert y copas de absenta brindando sin cesar, mientas Toulouse Lautrec, con trazos rápidos y nerviosos emborrona con bocetos su cuaderno de notas.
Y ahí seguimos durante un tiempo largo, como hipnotizadas mirando las aspas del Moulin Rouge girando una y otra vez, y otra vez, y otra vez….
Ring ring ring…. 7:00 a.m. Somnolienta me incorporo en la cama y me bastan unos pocos segundos, para darme cuenta de que todo ha sido un sueño. Largo, intenso, divertido, pero lamentablemente solo un sueño.
Y comienzo el día pensando que ese sueño bien se podría hacer realidad alguna vez.